miércoles , 30 septiembre 2020
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Como pollo sin cabeza

Como pollo sin cabeza

Artículo de opinión de Isabel Campos

Así vamos casi todos desde el mes de marzo. Pandemia, estado de alarma, confinamiento, desescalada…a todos estos nuevos términos habría que añadir el de “alarmados”.

Los ciudadanos estamos alarmados ante esta nueva ola de rebrotes que, ahora sí, afecta a nuestra región y mas concretamente a nuestro pueblo.

La alarma se genera porque, ante una situación desconocida, no sabemos claramente lo que pasa, no sabemos cómo actuar, aparte del ritual mecánico de lavarse las manos, distancia social y mascarillas, pero, sobre todo, no sabemos qué va a pasar.

A la nueva ola de contagios se suma, por si fuera poco, la vuelta al colegio de los niños. Nadie tiene, a estas alturas de la película, una clara noción de qué hacer y de las consecuencias que puede tener la opción que elija. Llevar o no llevar a los hijos al colegio, he ahí el dilema. ¿O realmente no es ese el problema? ¿Pensáis que sería algo tan catastrófico que durante un año no hubiese clases presenciales?

Creo que el problema real es qué hacer con los niños si no se abren las escuelas. ¿Dónde los metemos? Aquí nos encontramos con una gran brecha social que divide al alumnado según el estatus y poder adquisitivo. Hay padres que pueden permitirse no trabajar, otros que ya tienen profesores privados que van a casa, están los que pueden pagar a personas que cuiden de sus hijos…pero una gran mayoría no pueden hacer nada de esto, familias en las que ambos padres están ocupados en trabajos precarios sobre los que planea otra oleada, la del paro; familias que ni siquiera tienen ordenadores o acceso a internet en sus hogares para que los niños acudan virtualmente a clase; abuelos que volverán a sacrificarse para ayudar; madres que abandonarán sus trabajos para dedicarse al cuidado de los hijos. La parte más vulnerable del tejido social será la que quede más debilitada.

Un gobierno, sea nacional, regional o local, ha de tomar decisiones pensando en el sector más desfavorecido de su Pueblo. Hace unos años, entre todos salvamos a los bancos. Quizás es la hora de salvar a las personas, a las familias, para que no tengan que elegir entre la salud de sus hijos o traer un sueldo a casa.

La economía de un país es importante, pero ¿y la gente?

Hay quien compara la situación actual con una guerra, y no les falta razón. Es una guerra en la que todos estamos en un bando y el Covid-19, en otro. Una guerra en la que se necesitan soluciones políticas, no partidistas. Y, como en una guerra, la situación actual es excepcional por lo que las medidas que se tomen han de ser excepcionales.

A mi no me interesa, es más, me molesta, conocer las diferencias que ha habido entre los miembros del gobierno tras una reunión del consejo de ministros (lo normal es que las haya), ni si uno defiende una cosa y el otro otra. Tampoco me gusta que hablen en nombre de su partido. En una situación como la actual los discursos partidistas sobran.

Los ciudadanos queremos consenso y responsabilidad por parte de la clase política, que se dediquen a ese Noble Arte que debería de estar encaminado a la defensa del bien común y que muchas veces pervierten con tanta palabrería. Queremos un mensaje claro y consensuado que nos haga sentir que estamos más o menos seguros.

Si los partidos y sus dirigentes no se dan cuenta de que, en esto, todos estamos en el mismo bando y siguen haciendo partidismo, actuando deslealmente con el gobierno o echando cada uno piedras al tejado del otro para sacar un posible rédito electoral, cuando lleguen las próximas elecciones, en vez de un país que gobernar, se encontrarán un solar vacío de ilusiones y con personas desencantadas, física y mentalmente desmoronadas.

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